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Sistema blindado de odio e intolerancia Imprimir Correo electrónico
Escrito por Pedro F. Chambilla   
Viernes 05 de Junio de 2009 19:00
 

"Se tenía que defender a toda costa el sistema" Las palabras del congresista aprista César Zumaeta, en una entrevista concedida al canal estatal (TV Perú), referente a la carnicería perpetrada en en Bagua, reflejan el carácter totalitario del Partido de Gobierno. ¿A qué sistema se habrá referido? ¿Al democrático? Imposible, por que la verdadera democracia  no admite la aprobación de leyes (92 decretos legislativos) sin haber sido debatidos previamente.

Es claro entonces que el sistema al que se refiere Zumaeta, por lógica intrínseca tiene su razón de ser en el capital ganado a través del exterminio y expropiación de un sinfín de recursos naturales, y la liquidación de culturas ajenas a la  cultura occidentalizada, esa que responde únicamente a apetitos de grandes intereses.

No hay otra explicación sólida acerca de la actitud de Alan García, tras ordenar la muerte de cientos de nativos. De esa manera, el presidente de la República demostró una vez más, ser  fiel a su concepción fascista y su ferviente servilismo a unos cuantos poderosos, con quienes ahora debe estar tramando frenar a los miles de nativos que aún siguen en pie de lucha en la vía Yurimaguas-Tarapoto.

Ahora bien, ya han habido opiniones hasta el hartazgo de lo que ocurrió y ocurre en Bagua y poblaciones aledañas, pero como es costumbre, muy poco se avizora de lo que a continuación le depara a los despreciados nativos de la selva peruana. ¿Será que a nadie le importa que la selva se siga tiñendo de sangre? La pelota sigue en manos del Ejecutivo y Legislativo.

El primer preocupado a fin de que no mueran más nativos y policías debería ser el Jefe de Estado, pero todo indica que no es así. Como hombre inteligente que se supone que es y el cargo que pesa en sus hombros, Alan García debió ser el primero en autoreflexionar y accionar con serenidad, pero lejos de ello, prefirió hacerse la víctima de influencias extranjeras -que si pudo existir y la inteligencia de la ministra del Interior fue incapaz de detectarlo- y buscar culpables; sin asumir que pudo evitar tanto sufrimiento derogando por lo menos el Decreto Legislativo 1090 (Ley Forestal y Fauna Silvestre).

No cabe duda que aparte de García, los siguientes culpables de la tragedia desatada en la selva del centro del país son los ministros de Estado y el Congreso de la República. En sus manos descansaba la declaratoria de inconstitucionalidad del referido decreto, pero su indiferencia en algunos casos, y sus tratos oscuros con grandes intereses, los condujo a la inoperatividad y sordera total; burlándose así de miles de nativos que también son peruanos y merecen ser escuchados.

¿Cuanto aporta el Estado para que parezca que el odio es sinónimo de firmeza y la tolerancia sinónimo de debilidad. Fue así -como en muchos casos- en el "Moqueguazo", donde un alto mando policial fue sancionado por que ordenó a sus súbditos a la rendición cuando eran rehenes. ¿Qué acaso pretendían que aquellos policías se entreguen a una muerte segura para decir que a la "policía se la respeta"?

La única forma de por lo menos cicatrizar una herida que se resiste a sanar es derogando unos decretos aprobados entre gallos y media noche. Sólo bajo esa tónica se puede hablar de diálogo sincero. Con detener al presidente de la Asociación Interétnica de Desarrollo de la Selva Peruana (AIDESEP), Alberto Pizango, no se soluciona nada, más al contrario, esta medida considerada de arbitraria por el mismo presidente del Poder Judicial, Javier Villa Stein, sin lugar a dudas puede ser la manzana de la discordia que incremente la furia comprensible de unas personas que, antes que nativos, son peruanos que por años tuvieron que soportar la brutalidad de un sistema blindado de odio e intolerancia.