Poesia y literatura
El valeroso árbol de la literatura Imprimir Correo electrónico
Escrito por Pedro Chambilla   
Miércoles 04 de Junio de 2008 19:00
“El Sexto”. Una obra que me dejó fascinado debido a su candidez realista, tanto que pone al descubierto la podredumbre de las cárceles de aquel entonces, cuando junto al modesto y al mismo tiempo temerario Piurano, y todos tus obligados camaradas, injustamente pagaste condena señor José María Arguedas.

A diferencia de la seudodemocracia en que vivimos hoy en día los peruanos, siendo mudos testigos de cómo es que el Estado le concede cárceles doradas a los malditos delincuentes de terno y corbata, en la dictadura de Oscar Benavides (1933-1939), a los acusados los apiñaban en las mismas celdas a ricos y pobres. Te agradezco por haber existido y de paso te confieso que me siento acongojado de que al igual que mi casual amiga Liliana Paco Machaca, decidiste quitarte la vida, por que nunca aceptaste las asquerosidades que gestamos los que componemos los colectivos humanos, haciendo que sólo se galardonen y salgan dichosos los más “pendejos”.

Cuanto me gustaría que estas líneas sean leídas por Mario Vargas Llosa, quien desde que asumió su talante de literato inflado, se dedicó empedernidamente a despotricar de tu persona, aprovechando que tenía cerca, pero con una postura más trabajada a sonados literatos de Derecha, como Julio Cortázar, a quien tuteaste a través de elegantes fragmentos literarios, y que tiempo después, enterado que renunciaste a este oscuro lado de la vida, reconoció tu grandeza, lanzando el siguiente fragmento que mas o menos dice. “Yo soy (Cortázar) un ave de la literatura y Arguedas un árbol”.

Como cualquier mortal humano sabe, el ave tiene la chance de desplazarse por todo el mundo si se le antoja y de enervar sus alas por todo lo alto de los cielos, para ver al mundo rendido a sus puntiagudas garras; el árbol en cambio, se mantiene estático, plantado en un espacio de suelo, recibiendo a cada ave de paso que decide transitoriamente cobijarse en él, sin que la furia de ninguna temeraria tormenta lo pueda arrancar. Asumo entonces, que el árbol es una de las máximas expresiones del autoctonismo, al igual que tu distinguida persona Arguedas, pues mediante la sencilla literatura que plasmaste, le dijiste a la secta de los que se dicen ser los más globalizados de la escritura, de que existe un Perú Profundo que desconocen y no tuviste reparos en mostrarte amante de ese subrepticio mundo. Esa tu pasión andina te costó que Vargas Llosa te catalogara como un “primitivo mental”, sin darse cuenta que tú tenías un pensamiento más vasto que él. No en vano te casastes con aquella bella chilena, Sibila Arredondo, la misma que apenas enterada de tu fatal determinación, lamentó que antes no se lo hayas consultado.

La cúpula de literatos oficiales que conducen las letras en la actualidad se vienen portando de una manera muy ingrata contigo, sin embargo si de dan el lujo de idolatrar a Vargas Llosa y Alfredo Brice Echenique, a quien dejé de admirar desde que me enteré de la infausta noticia de que se ganó muchos aplausos con el artículo plagiado de uno de sus mejores amigos. ¿Y que piensan de un mercader de las letras como es Jaime Bayli? No vale la pena mucho saberlo.

Me causa tristeza Arguedas, que poco o nada pueda hacer para evitar que el talento cruzado que desplegaste en tus obras literarias, que a la par se manifestaron como valiosos documentos antropológicos, no solamente haya quedado en el olvido, sino que nunca fueron debidamente difundidos, a fin de que sirva de fuente de inspiración e investigativo a las futuras generaciones. Me causa pesar cada vez que se me viene a la cabeza el hecho de que un 28 de noviembre de 1969, frente a un espejo de impotente testigo, hayas resuelto despedazarte la cabeza con un revólver, como yo lo haré aquí de poco más de un lustro, para tener la dicha de saludarte en la eternidad. Acabo diciéndote que nunca supe que hayas militado oficialmente en algún grupo de izquierda, pero lo que implícitamente se refleja en tus escritos, es antes que nada tu peculiar carácter de socialista libertario, muy de moda en tus días de intelectual.

Mientras aún respire algo preocupado por que percibo que la vida es más corta que una estrella fugaz vista a media noche, no dejaré de nutrirme sin empachamiento de “El Sexto”, “Todas Las Sangres”, “Los Ríos Profundos”, “Yaguar Fiesta” y todo el bagaje de tus obras, incluyendo el tan cuestionado “Zorro de Arriba y Zorro de Abajo”, que dicho sea de paso, no terminaste de escribir, debido a que tu tristeza disfrazada de cólera, decidió interrumpir el talento de un gigante de la literatura antropológica como fuiste, eres y serás siempre. Termino diciéndote que el 28 de noviembre de este año, prometo que me tomaré un amargo licor en tu nombre, a manera de duelo, por que me dan ganas de derramar unas lágrimas al saber que un día como ese, optaste por abandonar el Perú Profundo que tanto necesita de ti y que tanto añoro conocer antes de su exterminio. Deseo platicar contigo para que me digas por que te fuiste así por así. Espérame unos años maestro.